Galicia frente al calor y a los incendios

Durante décadas, Galicia vivió con la percepción de ser un refugio climático dentro de la Península Ibérica. Mientras el sur de España soportaba temperaturas superiores a los 40 grados y largos períodos de sequía, el noroeste conservaba una imagen ligada a la humedad, las precipitaciones frecuentes y los veranos moderados. Sin embargo, esa realidad lleva años cambiando y el verano de 2026 se ha convertido en uno de los ejemplos más claros de que el clima gallego también está transformándose.
Las olas de calor han dejado de ser episodios excepcionales para convertirse en un fenómeno recurrente, con temperaturas que llegan antes, duran más días y afectan a territorios donde históricamente apenas se registraban valores extremos. Los datos recopilados por organismos como el Servicio de Cambio Climático Copernicus (C3S), la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), MeteoGalicia o la Organización Meteorológica Mundial (OMM) apuntan en la misma dirección: Europa se calienta a un ritmo muy superior a la media mundial y la Península Ibérica figura entre las regiones más vulnerables a este proceso.

JUNIO 2026: MES HISTÓRICO
La primera gran señal de alerta llegó incluso antes de iniciarse oficialmente el verano. Según el Servicio de Cambio Climático de Copernicus, implementado por el Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Medio Plazo (ECMWF), junio de 2026 fue el mes de junio más cálido jamás observado en Europa occidental.
La temperatura media alcanzó los 20,74 grados, situándose 3,06 grados por encima de la media del período 1991-2020. El dato supera incluso los registros de junio de 2025 y del histórico verano de 2003, dos años que hasta ahora representaban algunos de los episodios de calor más intensos vividos en el continente europeo.
En el conjunto de Europa, junio fue el segundo más cálido desde que existen registros de la serie ERA5, mientras que a nivel mundial ocupó también los primeros puestos históricos. Para la comunidad científica, estos datos no representan una simple anomalía meteorológica, sino una muestra más de una tendencia de calentamiento sostenido que se viene acelerando durante las últimas décadas.
En España, la situación fue igualmente excepcional. La AEMET calificó junio como el segundo más cálido desde el inicio de la serie histórica en 1961, con una temperatura media peninsular de 23,3 grados, es decir, 3,2 grados por encima de la media climática. Además, fue el tercer junio más seco de la serie, con unas precipitaciones que apenas alcanzaron el 39 % de lo habitual.
La propia AEMET llama la atención sobre un dato especialmente significativo: de los 15 meses de junio más cálidos registrados en España, 13 pertenecen al siglo XXI. Un indicador que evidencia que el incremento de las temperaturas ya no responde a episodios aislados, sino a una tendencia consolidada.
La comunidad gallega tampoco escapó de esta situación. Aunque las temperaturas extremas suelen asociarse a las zonas interiores de la Península, durante junio y julio buena parte de Galicia encadenó varios episodios de calor intenso que obligaron a la activación de avisos por altas temperaturas.
La Xunta de Galicia, a través de MeteoGalicia, Protección Civil y la Consellería de Sanidad, mantuvo activo el Plan de actuación frente a los posibles efectos de las altas temperaturas sobre la salud, coordinando avisos preventivos especialmente dirigidos a la población más vulnerable: personas mayores, niños pequeños, embarazadas y pacientes con enfermedades crónicas.
En paralelo, MeteoGalicia fue emitiendo sucesivos avisos amarillos y naranjas en diferentes comarcas, especialmente en las provincias de Ourense y Lugo, donde las masas de aire cálido procedentes del norte de África provocaron valores poco habituales para estas fechas.
Las cuatro capitales gallegas registraron durante este verano temperaturas muy superiores a las habituales. Ourense volvió a situarse como la ciudad más calurosa de Galicia, superando ampliamente los 40 grados durante varios episodios, mientras Lugo, Santiago y A Coruña también alcanzaron máximas que, hace apenas dos décadas, resultaban extraordinarias para estas ciudades, pero hoy estos registros comienzan a repetirse con mayor frecuencia.
Si junio marcó un punto de inflexión, julio confirmó que las altas temperaturas habían dejado de ser un episodio puntual. El interior gallego volvió a concentrar los registros más elevados de la comunidad, con Ourense alcanzando los 42,5 grados, uno de los valores más altos del año y muy próximo a los récords históricos de la ciudad. La persistencia del calor fue otro de los aspectos más destacados: entre finales de mayo y los primeros días de julio, la estación de Ourense superó los 30 grados en 33 de los 45 días analizados por MeteoGalicia, una frecuencia inédita para un período que todavía incluía parte de la primavera.
El calor también se dejó sentir con intensidad en otras zonas del interior. Lugo llegó a registrar máximas próximas a los 39 grados, mientras que en Monforte de Lemos, en la Ribeira Sacra, los termómetros superaron ampliamente los 40 grados durante los episodios más intensos. En el sur de la provincia de Ourense, comarcas como Valdeorras, Verín o O Ribeiro volvieron a situarse entre los puntos más calurosos de Galicia, con valores superiores a los 40 grados en varias jornadas.
Incluso las ciudades costeras, tradicionalmente protegidas por la influencia del Atlántico, experimentaron temperaturas poco habituales. Vigo registró 39,1 grados, la temperatura más alta medida en el siglo en la ciudad y, según los datos de MeteoGalicia, uno de los mayores registros desde que existen observaciones instrumentales. Santiago de Compostela, Pontevedra y A Coruña también superaron con claridad los 30 grados durante las diferentes olas de calor, confirmando que el fenómeno afectó prácticamente a toda la comunidad, aunque con distinta intensidad según la proximidad al mar.

LOS INCENDIOS
El incremento de las temperaturas, unido a la escasez de precipitaciones y a la baja humedad ambiental, convierte el monte en un combustible extremadamente vulnerable.
Durante el mes de julio, España vivió una de las crisis de incendios más graves de los últimos años, con miles de hectáreas quemadas y numerosos desalojos. La situación llevó al Gobierno central a declarar la emergencia de interés nacional por los grandes incendios de Madrid y Ávila, una medida excepcional que permitió coordinar recursos estatales ante la magnitud de la emergencia.
Galicia tampoco permaneció ajena. A lo largo del verano se registraron numerosos incendios forestales en distintos puntos de la comunidad, varios de ellos en la provincia de Lugo, donde las elevadas temperaturas, el viento y la sequía favorecieron una rápida propagación del fuego. La Ribeira Sacra, escenario de grandes incendios en los últimos años, continúa siendo uno de los territorios que más preocupa a los especialistas por la combinación de una orografía compleja, el abandono del territorio y la elevada carga de combustible vegetal.
Los científicos llevan décadas advirtiendo de que el calentamiento global no significa simplemente que “haga más calor”. El verdadero cambio se produce en la frecuencia, intensidad y duración de los fenómenos meteorológicos extremos.
Y eso es precisamente lo que comienza a observarse en Galicia.
Las temperaturas medias aumentan de forma progresiva, las olas de calor son más frecuentes, las precipitaciones se concentran en episodios cada vez más intensos y los períodos secos se prolongan durante más tiempo. Al mismo tiempo, el mar también experimenta un incremento de su temperatura superficial, un factor que modifica la dinámica atmosférica y afecta a los ecosistemas marinos.
Según el Sexto Informe de Evaluación del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), Europa es el continente que más rápidamente está aumentando su temperatura media, duplicando prácticamente el ritmo global desde la década de 1980. La región mediterránea, en la que se incluye la Península Ibérica, aparece identificada como uno de los puntos más vulnerables del planeta debido a la combinación de temperaturas extremas, disminución de los recursos hídricos e incremento del riesgo de incendios forestales.
En el caso gallego, organismos como MeteoGalicia y la AEMET constatan que las temperaturas máximas y mínimas presentan una tendencia ascendente, especialmente durante las últimas décadas. También aumentan las denominadas noches tropicales —aquellas en las que el termómetro no baja de los 20 grados—, un fenómeno que antes era excepcional en buena parte de la comunidad y que ahora comienza a ser habitual, especialmente en las zonas costeras y durante los episodios de calor más intenso.
CAMBIO CLIMÁTICO
Una de las cuestiones más debatidas en torno al cambio climático es hasta qué punto la actividad humana es responsable del aumento de las temperaturas. En este aspecto, la comunidad científica mantiene un consenso prácticamente unánime.
El IPCC concluye que es inequívoco que la influencia humana ha calentado la atmósfera, los océanos y la superficie terrestre desde mediados del siglo XIX. Esa afirmación se basa en miles de estudios científicos revisados por expertos de todo el mundo y constituye la mayor evaluación internacional realizada hasta el momento sobre el estado del clima.
Las conclusiones coinciden con las publicadas por la NASA, la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA), la Organización Meteorológica Mundial (OMM), Copernicus y la propia AEMET.
El principal responsable de este proceso es el incremento de la concentración de gases de efecto invernadero, especialmente dióxido de carbono (CO₂), metano (CH₄) y óxido nitroso (N₂O), emitidos mayoritariamente por la quema de combustibles fósiles, la industria, el transporte, determinadas actividades agrícolas y la deforestación.
El efecto invernadero es un proceso natural imprescindible para mantener una temperatura compatible con la vida. El problema surge cuando la concentración de estos gases aumenta hasta niveles sin precedentes en cientos de miles de años, atrapando una mayor cantidad de calor en la atmósfera.
Los registros paleoclimáticos y las mediciones actuales muestran que la concentración de CO₂ supera ya las 420 partes por millón, un valor desconocido en la historia reciente de la humanidad.
EL ECOLOGISMO GALLEGO
Las organizaciones ecologistas llevan años advirtiendo de que Galicia afronta una profunda transformación de su territorio si no se reducen las emisiones y no se adapta la gestión del medio natural. ADEGA insiste en la necesidad de apostar por una política forestal basada en la diversidad de especies, en la recuperación del mosaico agroforestal y en la revitalización del medio rural como herramientas fundamentales para reducir el riesgo de grandes incendios. La entidad lleva tiempo reclamando una planificación que priorice la prevención frente a la extinción y que limite la expansión de masas forestales continuas dominadas por especies pirófitas.
En la misma línea, Ecologistas en Acción Galicia considera que los episodios de calor extremo y los incendios forestales han dejado de ser situaciones excepcionales para convertirse en una nueva realidad climática. La organización reclama acelerar la transición energética, reducir la dependencia de los combustibles fósiles, proteger los ecosistemas y reforzar las políticas públicas de adaptación. Ambas entidades coinciden en que la lucha contra el cambio climático no depende únicamente de las decisiones individuales, sino también de medidas estructurales relacionadas con la movilidad, la producción de energía, el urbanismo, la ordenación del territorio y la conservación de la biodiversidad.
UN RETO PARA LA SALUD
Según el Ministerio de Sanidad y la Organización Mundial de la Salud, las olas de calor incrementan la mortalidad y las hospitalizaciones, especialmente entre personas mayores, pacientes con enfermedades cardiovasculares o respiratorias, niños pequeños y colectivos vulnerables.
Los especialistas recuerdan también que el calor extremo puede afectar a la salud mental, reducir la capacidad de concentración e incrementar el riesgo de accidentes laborales, por lo que insisten en la necesidad de adaptar horarios y condiciones de trabajo durante los episodios más intensos.
Los datos del sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria (MoMo) del Instituto de Salud Carlos III indican que en Galicia 88 personas fallecieron durante el mes de junio por causas relacionadas con las altas temperaturas, mientras que en los cuatro primeros días de julio se contabilizaron otras seis muertes atribuibles al calor. En España, se registraron 937 fallecimientos atribuibles a las altas temperaturas.