Un investigador de la USC descubre 81 vestigios inéditos de baldaquinos medievales

Lo que durante siglos pasó desapercibido como simples sillares reutilizados en los muros de iglesias, viviendas particulares o cruceros se ha revelado como uno de los fenómenos artísticos más organizados y desconocidos del gótico tardío gallego. La tesis doctoral Talleres itinerantes, estilos e iconografía: análisis del baldaquino bajomedieval en Galicia (1480-1600), defendida por Daniel Pérez Murado en la Universidad de Santiago de Compostela, ha analizado y clasificado 89 ejemplares de ciborios o baldaquinos pétreos, entre los que se encuentran 81 vestigios inéditos que no habían sido documentados hasta ahora.
Este trabajo, dirigido por la catedrática Marta Cendón Fernández, no solo amplía sustancialmente el corpus conocido de estas estructuras litúrgicas, sino que también demuestra la existencia de once talleres escultóricos especializados que trabajaban con una identidad propia, repertorios formales definidos y una movilidad que seguía las rutas comerciales del noroeste peninsular. Frente a la hipótesis tradicional, que atribuía la difusión del baldaquino a la influencia directa del ciborio de los Fonseca en la catedral de Santiago, la investigación concluye que uno de los motores de su expansión fue la Orden de San Juan de Jerusalén. En sus encomiendas de Beade, Pazos de Arenteiro y en el partido de Soutolongo se concentra el 32 % de los vestigios localizados.
Un "bello conjunto" que conectaba el cielo y la tierra
El baldaquino o ciborio —una estructura en forma de templete sostenido por columnas que cobijaba el altar mayor o altares secundarios— fue un elemento fundamental en la escenografía sacra de finales de la Edad Media. Su función no era meramente decorativa: señalaba el espacio sagrado de la transubstanciación, protegía reliquias e imágenes y actuaba como un puente simbólico entre lo terrenal y lo divino. En palabras del autor, «el ciborio se alza como un bello conjunto en el que se conjugan las tres artes visuales —arquitectura, escultura y pintura— para crear un microcosmos litúrgico, pedagógico y místico dentro de la iglesia rural».
La tesis documenta que estos monumentos no fueron encargos aislados, sino el resultado de una producción seriada y coordinada. Los talleres identificados —como el de Ventosa, el de O Salnés, el de Terra de Montes o el de Serantes— dejaron su huella en comarcas concretas, con estilos que van desde la exuberancia vegetal del gótico flamígero hasta la volumetría naturalista del primer Renacimiento. La investigación permitió incluso reconstruir programas iconográficos completos, en los que escenas como la Anunciación, la Adoración de los Reyes Magos, la Piedad o el martirio de San Sebastián se repiten con variaciones propias de cada taller.
El trabajo de campo, realizado a lo largo de más de cuatro años, permitió, entre otros hallazgos, descubrir quince nuevas piezas y esculturas pertenecientes al Bien de Interés Cultural de San Xulián de Ventosa (Agolada), conocida como la «catedral del arte rural gallego». Algunas estaban en una vivienda de la ciudad de Lugo y otras aparecieron en diversas subastas celebradas en una conocida casa de subastas de ámbito estatal.
Un patrimonio olvidado que recupera su voz
La tesis destaca la paradoja de que estos monumentos, que en su momento fueron elementos centrales de la liturgia, cayeran en el olvido tras la reforma tridentina y el auge de la retablística barroca. Los archivos diocesanos consultados —los de Santiago, Lugo y Pontevedra— apenas contienen referencias directas a los ciborios, lo que evidencia una progresiva pérdida de valoración que llevó a su desmontaje, fragmentación y reutilización como material de construcción.
"La ausencia de documentación escrita no debe interpretarse como falta de importancia", señala Pérez Murado. "Por el contrario: precisamente porque eran estructuras tan integradas en el espacio cotidiano de la iglesia, no se consideraba necesario mencionarlas. Fue su sustitución por los grandes retablos barrocos lo que borró su memoria material y funcional".
La investigación propone una nueva mirada sobre estos vestigios, no como simples restos arqueológicos, sino como testimonios de un fenómeno artístico plenamente organizado, con talleres que trabajaban en red, compartían modelos y respondían a la demanda de la nobleza y del clero rural, pero también de las órdenes militares, cuyo papel en la configuración del paisaje sagrado gallego había sido infravalorado.